Una noche junto al río Chao Phraya, con las luces del mercado reflejadas en el agua, el aroma de la comida callejera y la noria girando al fondo: así empezó nuestra aventura tailandesa.
De ahí pasamos por templos de pan de oro, ruinas entre raíces, colinas de té y una playa donde la silla anfibia nos permitió entrar en el mar a nuestro ritmo. Los traslados y las excursiones en vehículo adaptado, y las rampas portátiles en los templos, hicieron que cada visita fluyera.
Lo que más disfrutamos fue la variedad: los elefantes en un santuario ético, la cena Khantoke con danzas del norte, las comunidades locales y la mesa tailandesa, de los curris al khao soi. Un grupo reducido, con guías de habla hispana y compañía cercana, convirtió el viaje en algo íntimo.