Al atardecer, en la terraza del Pincio, Roma se abrió ante el grupo como una panorámica que no esperaba prisas. Ese momento resume un viaje hecho a ritmo propio, en grupo reducido y con quien nos acompañaba del equipo, especialista en accesibilidad, siempre cerca.
Recorrimos el Coliseo, el Foro Romano y la Fontana di Trevi, y nos dejamos llevar por las plazas de Navona y Campo de’ Fiori. Entre bernini y caravaggios en la Galería Borghese y los frescos de la Capilla Sixtina, el arte tuvo un peso enorme.
Lo que más disfrutamos fue la mezcla: monumentos eternos de día, trattorias y plazas con vida de noche, y traslados adaptados que nos permitieron dedicarnos a mirar, escuchar y saborear Roma.